Sunday, July 03, 2005


“Ahora sé que me conviene obedecer y creer en las prescripciones de los superiores, teniendo en cuenta que están en posesión de altos conocimientos a los que mi humilde espíritu no podría llegar con sus solas fuerzas [...] El escrito que va adjunto se basa en la movilidad de la Tierra, o más bien lo presento como uno de los argumentos físicos que confirman esta movilidad. Ruego a V.A. lo considere como un sueño o como una fábula. Tal y como les sucede a menudo a los poetas que tienen apego a sus fantasías, así también le he tomado apego a ésta mi vanidad [...] Yo he sido el primero en soñar esta quimera...mi intención era desarrollar lo que había escrito y tratarlo de manera más extensa y ordenada, pero una voz me despertó y dispersó en una nube mis confusas y vanas ‘fantasías’ “

Galileo Galilei, Carta al Archiduque Leopoldo de Austria, 1618.


“Uno de los peores defectos del hombre es la cobardía”

Mikhail Bulgakov, El Maestro y Margarita


INTRODUCCIÓN

1.

Descuide: este texto no cambiará su vida.

Si su vida cambiara tantas veces como las solapas de los libros le anuncian y le prometen, usted no sabría ya quién es.

Tome un papel y un lápiz y escriba: ¿Quién soy?
No tiene que responder de inmediato. No tiene que responder nunca, si no quiere. Se trata solamente de una pregunta escrita sobre un papel. Pero usted no está en un salón de clases y no hay ningún profesor que evalúe su respuesta.

Muchos métodos de los que se autodenominan de “autoayuda” le proponen ejercicios que usted debe realizar y luego evaluar. Usted se convierte en alumno y profesor a la vez. Se autocalifica. Sobre la base de la calificación resultante usted se sitúa en una escala. Usted es más o menos calificado de acuerdo a esa escala.

Olvídelo. Usted no será otra cosa que lo que es por muchas escalas con las que se examine.

Cada persona es única e incomparable. Yo no puedo ser más usted que usted mismo. Usted no puede ser más su hijo que su hijo mismo, y así sucesivamente.

Yo soy yo, usted es usted y no hay comparación posible.

Que alguien tenga más éxito, más dinero, más salud que otro no lo hace ser más que el otro. ¿Más qué?

Supongamos que hemos respondido a la pregunta inicial. La pregunta era ¿Quién soy? Escribamos como respuesta provisional la siguiente: Soy un ser humano.

Muy bien. Es una buena respuesta. Tan buena como cualquier otra. Nadie puede decir que sea mentira.
Entonces preguntémonos esta otra: ¿Quién es más ser humano que yo? Piénselo. Suponga que abren un café en la esquina de su casa y colocan en la puerta un letrero que diga: “Sólo se permite la entrada a seres humanos”.
¿Cree usted que podrá entrar a ese café?

Si el café tuviera tanto éxito que se formaran colas para entrar, nadie podría entrar sin hacer la cola con sólo decir que es más ser humano que los demás. Nadie lo aceptaría.

Ahora, hágase otra pregunta: ¿Será usted más ser humano aplicando tal o cual método? Quizás le hayan prometido que usted será más inteligente, o más exitoso, o más seductor. No importa. Lo que importa es que nadie puede prometerle a usted que aplicando un método usted será más ser humano.

Y usted es un ser humano. Y me atrevería a decir que no puede ser otra cosa que eso.
Por mucho que haga usted no logrará nunca ser otro que el que es.

2.

La felicidad, el éxito, la prosperidad y todas esas cosas que la gente dice buscar y no encuentra en la vida y mucho menos en los libros son conceptos y no realidades. Salga usted a la calle y busque un concepto, el de belleza, por ejemplo. Recorra supermercados, cafeterías y plazas y pregunte a la gente si alguien ha visto pasar a la belleza o sabe dónde puede ubicarla. Una dirección, un teléfono, un e-mail...
Es probable que lo tomen por loco o por miembro del equipo de un programa de t.v. de los de cámaras escondidas y demás. Y sin embargo, esas personas que se reirán de usted si les pregunta dónde vive la belleza pasan gran parte de sus días y de sus noches buscando entelequias parecidas. Uno busca riqueza, otro fama, aquella señora que se dirige a un curso de esoterismo busca la realización. ¿Qué querrá realizarse esa señora? Si se pone a pensar un poco se dará cuenta de que todos, o casi todos, andan detrás de conceptos tan abstractos e inexistentes como el que usted dijo que buscaba.

Y si le pregunta a aquel otro que acaba de descubrir la “explicación de todo” en el nuevo libro de tal o cual autor, en la nueva “enseñanza” de esta o aquella escuela, qué es lo que anda buscando, es probable que le responda que se “busca a si mismo”. Cabe pensar que el pobre no tiene espejos en su casa o que, como dicen que les ocurre a los vampiros, no se refleja en ellos. Puede que su pareja, su hermano, sus padres o sus hijos lo vean en la calle y no lo reconozcan... ¿Quién sabe? Todos, de alguna manera, nos hemos perdido a nosotros mismos alguna vez, por no decir muchas veces.
Tarde o temprano nos re-encontramos, porque escapar de nosotros mismos es tarea ardua y de efectos pasajeros. Volvemos a casa y comprobamos que los zapatos todavía nos quedan.
Y nos decimos que lo que fuimos a buscar en esas doctrinas era algo que no se nos había perdido.
Lo que tratamos de hacer fue convertirnos en otros, en seres distintos del que somos. ¿Por qué?
Porque estamos convencidos de que ser lo que somos no es suficiente.
¿Suficiente para qué?



LAS TRES CARAS
1.

Se pasa por alto el hecho de que las monedas tienen, realmente, tres caras. Se omite la mención al canto de manera sistemática, quizás porque rara vez se encuentra una moneda posada de canto. Cuando al lanzar una moneda para tomar una decisión al azar cae de canto, se dice que es augurio de buena suerte.

Lo cierto es que las monedas tienen canto por la sencilla razón de que son objetos tridimensionales, como todos los demás.

La tendencia a omitir la tercera dimensión no se aplica únicamente a las monedas. La mayor parte de los gráficos son bidimensionales. Los gráficos son maneras de representar el mundo y la mayor parte de la gente representa el mundo en dos dimensiones.

Un plano cartesiano tiene dos dimensiones. Un mapa también. Cualquier cosa escrita, la mayoría de las pinturas, fotografías, tableros de juego…nos hemos acostumbrado a considerar al mundo como un espacio abstracto de dos dimensiones.

Conceptualmente hablamos de la guerra y la paz, el amor y el odio, el placer y el dolor, etc., etc., etc.
La tercera es una zona vaga y difusa, indefinible e improbable. Y sin embargo es la más habitual, familiar y cotidiana de todas. Rara vez somos absolutamente felices o infelices, rara vez amamos o detestamos a alguien de manera total y definitiva.

Rara vez estamos seguros de algo, pero cuando pedimos una respuesta clara exigimos un sí o un no.

Tomamos partido por las ideas, las personas y las cosas. Nos colocamos a favor o en contra, como si no hubiese más alternativas.

Y si se nos ocurre optar por una posición intermedia somos tachados de indecisos, indefinidos, cobardes incluso.

O somos “exitosos” o somos “perdedores”, y si nos atrevemos a preguntar con respecto a qué o a quién nos dirán que escurrimos el bulto o que no queremos afrontar la realidad. En ese contexto, como en la mayor parte de los contextos en los que nos toca opinar, “realidad” es una moneda que sólo tiene dos caras.


2.

Las cosas que consideramos buenas deben ser total y absolutamente buenas. Si alguien sostiene lo contrario, lo consideramos de inmediato un adversario. Y si presenta pruebas de lo que dice optaremos generalmente por una de dos posiciones: o miente o le mintieron.
En el caso extremo de que se trate de pruebas irrefutables, realmente irrefutables, acudiremos a la salida de que se trata de una excepción y que la excepción, por supuesto, confirma la regla. ¿O la pone en duda?

No se trata de conocer la verdad sino de asegurarnos que la regla sobre la que nos basamos se cumpla. Las reglas son algo inquebrantable: o son reglas o no lo son, y punto. No se puede vivir sin reglas. Lo que no obedece a la regla es irregular.

Irregular es casi todo, si no todo, en la vida, pero eso es otra historia.

Parece, en efecto, que hay dos historias: una que nos cuentan y nos contamos y otra que vivimos. La que vivimos es siempre la otra: particular, subjetiva, privada. ¿Privada de qué?

Pero en realidad hay tres, al menos. La tercera historia es la del canto de la moneda, una historia que se tilda generalmente de leyenda y que vivimos sólo si tenemos suerte. Porque se tiene suerte o no se tiene. Se nace con estrella o se nace estrellado. ¿Sí o no?

3.
Nadie vive completamente apegado a las reglas y nadie vive en la total irregularidad. Todos vivimos en el improbable canto de la moneda, en la cuerda floja, en el filo de la navaja: llámenlo como quieran. Todos compartimos la fortuna inconmensurable de estar con vida; la vida es en el universo algo mucho más raro que cualquier cosa rara en la que podamos pensar. Somos unos seres muy pero muy raros realmente. Tan raros somos que hacemos cualquier cosa con tal de no parecerlo.
Quisiéramos ser predecibles como los objetos inanimados, quisiéramos regirnos por fórmulas perfectas, quisiéramos que la vida fuera una ciencia exacta. Y somos tan raros, que cuando vivimos por un momento en un ambiente predecible, nos aburrimos, nos deprimimos y nos enfermamos. Pero aún así somos capaces de negar el tedio, la tristeza y el malestar que lo predecible nos produce si con ello olvidamos por un momento lo raros que somos.

Y andamos por la vida malhumorados, irascibles, quejumbrosos, pero muy, muy orgullosos de ser “normales”.

Atenidos a la norma, no importa a cuál.

Atenidos y retenidos. Somos esclavos de las normas y damos la vida por ellas.

Yo puedo entender que demos la vida (finalmente la daremos de una u otra manera) por amor, por gusto, por delicadeza como el poeta. ¡¿Pero por una norma?! Lo peor es que lo único que demostramos con ello es que somos raros más allá de cualquier límite, que no hay norma que valga con nosotros, que somos total y absolutamente anormales.

4.

Admiramos, detestamos y envidiamos a todo el que se salga de la norma. Hacemos las tres cosas a la vez, aunque sólo confesemos una. Aunque digamos que lo que realmente sentimos es lástima.

Según la norma a la que digamos pertenecer estableceremos nuestros criterios de admiración, envidia u odio. Si admiramos y envidiamos a los ricos y famosos sentiremos desprecio por los que no lo son, muchas veces sin percatarnos que
lo que evidenciamos es desprecio por nosotros mismos. Al despreciarnos, despreciaremos a todos los que se nos parecen: a nuestros amigos, familiares y compañeros. Y si alguno de ellos se hace rico o famoso lo admiraremos o lo despreciaremos públicamente pero en la intimidad lo envidiaremos y lo odiaremos.
La norma es que nos odiamos por tener que aceptar y cumplir la norma. Y como no queremos reconocerlo, odiamos a los que se salen de ella. Somos raros.

Además, muchos personajes que a nuestro parecer se desentienden de las normas y hacen lo que les viene en gana, son tanto o más esclavos de las normas que nosotros. Es sólo que escogieron normas distintas.

El problema no está en los otros, sino en nosotros mismos. Amamos y odiamos en la exacta proporción en que nos amamos y nos odiamos. Y como nos cuesta tanto admirarnos o sentirnos envidiables confesamos nuestra admiración o envidia por otros en muy contados casos.

¿Cómo amarse? No hay normas para hacerlo porque hacerlo es ir contra las normas. La mayor parte de ellas dice que el que se ama es un egoísta, un sinvergüenza o un inconsciente.

Y es la pura verdad.

Nadie que no sea un perfecto egoísta puede entender el amor porque amarse y amar son una y la misma cosa. El que se da a si mismo tiene, y porque tiene puede dar. El que se ofrece calor a si mismo calienta su entorno. El que se permite sabiduría a si mismo puede enseñar. El que siente dentro de si dolor y lo alivia sabe cómo aliviar. El que se perdona entiende que perdonar es maravilloso. El que se permite soñar aprecia los sueños de los otros. El que trabaja para si sabe trabajar para otros.

Nadie que sienta vergüenza de lo que es puede amar tampoco, porque sentirá vergüenza de los demás y nadie ama aquello de lo que se avergüenza.

El que ama no siente vergüenza de su amor por si mismo y por los demás. Lo manifiesta desvergonzadamente, escandalosamente, libremente. Si proclamamos amor por los seres humanos, por los seres vivos, por la vida y por el universo ¿Cómo podemos avergonzarnos de nosotros, que somos la manifestación más cercana que tenemos de todas esas cosas? Todo el que ama es un sinvergüenza.

Y un inconsciente. Porque no presta ni un poquito de su conciencia, que es el más preciado de sus bienes, para percatarse o tomar en cuenta las normas.

El amor no es algo normal. Es un exceso, una temeridad, una locura. El amor es la máxima expresión de la libertad porque el que no es libre de amar ni ama ni es libre y porque sólo podemos amar en los otros y en nosotros mismos la libertad de ser lo que somos.

Todo lo demás es doctrina, la norma de los doctos. Y ¿Quién puede ser docto en cuestiones de amor?


5.

El altruismo es un egoísmo mal entendido. Nadie es altruista por amor, sino por cumplir con la norma de ser buenos. Y nada menos estimulante para el amor que las normas y los mandamientos. Ser altruista es fácil: basta con establecer una rutina de dádivas proporcionales a nuestra disponibilidad de tiempo o espacio o dinero y hacer suficiente publicidad para que todos, incluyéndonos, piensen que somos buenos.

Ser egoístas es practicar un arte difícil y sutil, poco o nada apreciado por el mundo. Se trata de conocernos en todas nuestras facetas y descubrir nuestras más secretas debilidades y facultades a fin de hacernos aptos para amar.

Porque amar es dar, pero no dar cualquier cosa. A diferencia del altruismo, el egoísmo consiste en dar lo que nos daríamos a nosotros mismos si estuviésemos en el lugar del otro y conociéramos nuestras necesidades. El egoísta puede dar más de lo que tiene, y generalmente lo hace; el altruista da siempre una pequeña parte.

Cuando decimos que alguien es egoísta queremos decir que no nos ha dado nada: estamos pensando en nosotros como objetos de la dádiva de esa persona. De esta manera, medimos la bondad de la gente por la cantidad de dádivas que produce o que creemos que produce de acuerdo con la norma mediante la cual definimos dádiva.

Según esto, una persona que no puede dar nada no puede ser buena. Es la misteriosa condición de los pobres: sólo son buenos para recibir nuestras dádivas.

La dádiva es un sucedáneo contabilizable del amor. Sirve para hacernos creer que amamos en una medida determinada. Tanto dinero, tantas visitas al hospital, tantos juguetes para los niños desamparados equivalen a una cierta cantidad de amor.
Pero el amor no es cuantificable ni es equivalente a nada que no sea él mismo.

6.

La mezquindad es la otra cara del altruismo. Si nos ahorramos las dádivas creemos ser más realistas y más sensatos, pero la mezquindad no es sensata ni es realista. Quien piensa que mientras menos dé más tendrá sólo evidencia lo poco o nada que se ama. Se convierte a si mismo en objeto de las dádivas que no entrega a los demás y se condena a la peor de las pobrezas porque se niega la posibilidad de compartir.

Compartir es uno de los grandes secretos del arte de amar. Y es secreto porque sólo los egoístas conocen su valor. El egoísta – lo llamaremos en lo sucesivo el que se ama para evitar confusiones- tiene siempre algo que compartir. Porque el que se ama disfruta de cada instante y atesora las más variadas formas de belleza que la vida le ofrece: por eso puede compartirlas. El que se ama sabe que compartir es siempre ganar y que mientras más se comparte más se tiene.


7.

La gente no se divide en altruistas y egoístas. La mayor parte de nosotros pertenecemos a la tercera cara de la moneda. A veces sale cara y otras sale sello. Con mucho esfuerzo, paciencia y suerte logramos que de vez en cuando caiga de canto. En realidad casi siempre cae de canto, lo difícil es que se quede así. Y las monedas pueden caer de tantas maneras posibles que es una tontería pensar que lo importante es si quedan al final con la cara o con el sello a la vista.
Lo interesante es estudiar el recorrido, la voltereta, la caída y la forma de detenerse al cabo de todo el proceso. Nuestra vida es semejante a una moneda lanzada al aire: no podemos definirla a partir del momento en que ya no se mueve.

8.

Para entender mejor la tercera cara pensemos en dados. Los dados son monedas cúbicas, de tres dimensiones y seis lados. Las monedas son dados achatados y redondos. Achatados para ocupar menos lugar y redondos para simular que representan algo absoluto. En los casinos hay fichas rectangulares, que generalmente son las de mayor valor. Y los billetes, que normalmente valen más que las monedas, también son rectangulares.

Trasmutando la moneda en dado, el asunto de los polos que se oponen pasa a segundo plano. Aunque el 6 y el 1 se encuentren en caras opuestas no podemos decir que realmente sean opuestos. El seis es un máximo y el 1 un mínimo: entre ellos hay cuatro posibilidades más. Por otra parte, ninguno de los 6 lados tiene más probabilidades de salir que los otros, a menos que el dado esté cargado. El dado es un representante conocido y respetado del azar, esa bellísima facultad del ser que permite a Dios jugar con la creación para recordarnos que no todo es trabajo.

El juego es el principio de todo arte y de toda ciencia. Arte y ciencia no son opuestos, son solo dos caras de un poliedro de muchos lados. Todos ellos están sometidos al azar: el juego es la mejor manera de humanizar el azar.

Cuando olvidamos que fuimos niños olvidamos también que las cosas más importantes que aprendemos las aprendemos jugando. Es muy poco cierto que el sufrimiento o el esfuerzo doloroso sean una fuente de enseñanzas. Lo que aprendemos con ellos es, en el mejor de los casos, lo que no debemos hacer. Pero saber solamente lo que no se debe o no se puede no es sabiduría. Llamamos sabio al que sabe hacer, al que hace posible que sucedan cosas.
El que se limita a decirnos qué cosas no deben hacerse no es un sabio sino un tirano.

Jugando aprendemos primero que nada a jugar. Jugar implica aceptar una dosis determinada de azar. Incluso en juegos en los que se dice que el azar no interviene, como el ajedrez, es imposible predecir la jugada del contrincante. Y a los efectos del juego el azar y lo impredecible vienen a ser la misma cosa.

Manejar lo impredecible es una manera de aprender a ser libres. La libertad de escoger sin estar seguros de cual será la consecuencia de la elección es la verdadera libertad: si conociéramos el resultado no se trataría de un juego ni habría libertad.

9.

El azar nos asusta. Sólo lo aceptamos cuando nos favorece de manera clara y tangible. Claro y tangible quiere decir que se ve y se toca. Nuestra tendencia a definir el mundo con pares de opuestos tiene mucho que ver con nuestro deseo de ver y tocar, de dar forma precisa, de convertir en objeto todas las instancias de la realidad. Lo invisible y lo intangible son menos “reales” que lo que llamamos “cosas” incluso si su acción nos afecta de manera directa. El pensamiento y el sentimiento son consideradas “cosas” de segundo orden
y de menor importancia que los “objetos” que sirven de norma y medida de lo que llamamos mundo “objetivo”. Lo que se ve y se toca parece seguro, confiable, porque es generalmente inerte o predecible. Una piedra, un zapato, un perro bien entrenado, una sopa de pollo, parecen ser nuestros máximos paradigmas de realidad. Aquí, la moneda no tiene ya siquiera dos caras sino una: la búsqueda de la verdad desaparece para dar lugar a la búsqueda de refugio.

¿Refugio contra qué? Contra el azar. Contra todo lo que se aleja de lo predecible. Y si tomamos en cuenta que lo único realmente predecible es la muerte, tenemos que esta visión del mundo, esta “objetividad”, no es otra cosa que miedo a vivir.

Somos tan raros que, a diferencia de todos los seres vivos, tenemos muchas veces más miedo a vivir que a morir. Y si nos detenemos a pensar un momento en esto, es casi seguro que enseguida sentiremos vergüenza. Porque, como ya hemos dicho, nos avergüenza ser lo que somos. Y es que somos, como especie y como individuos productos del azar. Renegamos de nuestra estirpe continuamente y nos dedicamos a ver documentales sobre animalitos para concluir que “la naturaleza es sabia” y que el único error del universo somos nosotros. Es muy probable que si las cucarachas o los tiburones pudieran pensar llegarían a la misma conclusión. Llama la atención que lo que consideramos admirable de los tiburones y las cucarachas es que se han mantenido por cientos de miles de años sin variar un ápice. Ya no se hacen modelos como esos, dirá un aficionado a los autos de colección. La invariancia se nos presenta como virtud, mientras que la idea de mutación se asocia generalmente con algo monstruoso y aberrante.
Pero no hay nada que hacer: somos hijos del azar y de la mutación; somos producto de esa aberrante propiedad del ser que se llama vida y nos encontramos navegando en la impredecible corriente que hemos denominado evolución.
Por muy occidentales y racionalistas que seamos, por mucho que conozcamos y manejemos el mundo “objetivo” y pragmático, estamos expuestos a la enfermedad, a la locura, a la pobreza, a la muerte, y también a sus supuestos “opuestos”: la salud, la riqueza…Estamos expuestos a la vida y no podemos hacer otra cosa que vivir.
Y ya que no podemos suprimir el azar, ningún tiro de dados lo logrará, lo mejor que podemos hacer es jugar.


10.

Juguemos. Juguemos a que no hay nada bueno ni malo, positivo o negativo.
Que lo más positivo que seamos capaces de nombrar puede serlo tanto que es, inmediatamente, negativo. Y estudiemos en cambio la infinidad de grados, matices, colores, formas, sensaciones, sentimientos, ideas que se presentan ante nosotros entre esos gélidos polos inalcanzables del bien y el mal.
No ganaremos nada si nos referimos a lo que vemos, tocamos, sentimos y pensamos ubicándolos en un punto determinado de esa escala entre bueno y malo, por la simple razón de que la escala es infinita y que por lo tanto es imposible establecer un punto medio entre sus extremos. No hay extremos y no hay punto medio: lo que hay son lugares y momentos. De la misma manera en que no podemos juzgar la belleza de un lugar por su latitud, es decir por su distancia al ecuador o a los polos, ni un instante por su cercanía al mediodía, tampoco podemos juzgar lo que nos ocurre y lo que hacemos ocurrir en referencia a los imaginarios puntos cardinales de las normas morales, o estéticas, o de cualquier otra índole.

Todo juicio es un error de juicio. Sólo una capacidad de juicio infinita sería capaz de un juicio acertado en un universo infinito.

Dirán que esta idea puede conducir a la anarquía, al marasmo y a la demencia. También podría conducir a la felicidad, a la paz y al amor, pero en realidad no conduce ni a un sitio ni a otro, porque tales extremos absolutos de lo deseable y lo indeseable no existen. Una idea no conduce más que a otra idea, y la idea, aquí, es pasearnos de una a otra y disfrutar del paseo.

¿Por qué resulta tan difícil disfrutar? ¿Por qué queremos valorar antes de sentir para saber si lo que sentiremos tiene o no valor? Valor, significado, sentido, justicia son ideas útiles, pero están fuera de contexto cuando lo que se trata es de sentir. Es inútil preguntarse si un dolor de muelas es justo o injusto, valioso o no. Igualmente inútiles son esas preguntas cuando se relacionan con el placer de comerse un helado.

Nos ha costado tanto adquirir destreza en el pensar – millones de años de esfuerzo constante- que no queremos hacer otra cosa que contemplar nuestro logro como quien admira la casa que ha podido comprarse después de una vida de sacrificios.
Lo que hemos logrado es nuestro, nadie puede quitárnoslo. No hace falta encadenarse a ello como avaros esclavos de un tesoro que no queremos gastar sino contar una y otra vez.
Sintamos. Celebremos nuestros éxitos pasados pero no cerremos la puerta a los nuevos retos que la vida nos presenta. El más urgente es el de crear.

11.

Crear es uno de los verbos más ambiguos, imprecisos y esquivos que hay. Crear denota hacer, producir, generar, inventar, descubrir, innovar, reproducir, engendrar, expresar y muchas ideas más. Creación se aplica tanto al trabajo de un modisto como a la obra del Todopoderoso. Pareciera que el conjunto de todo lo que es, incluyendo al Ser, fuese comparable con un vestido de mujer. ¿Por qué no?
Se dice que la gran diferencia es que Dios creó al mundo de la nada, pero eso no es cierto, porque Dios estaba allí. Sería más lógico decir que Dios creó el mundo de si mismo y que la “nada” no tuvo arte ni parte.
En todo caso, no hay una definición precisa, estática y perfecta de crear porque crear define, o nombra, todo lo que no es estático ni preciso ni perfecto. En este sentido, crear define o nombra todo lo que es; de allí que el sustantivo creación se aplique al universo y a la obra de Dios. Nada es estático, preciso o perfecto: todo es creación.
Muy bien, pero hay que tener cuidado, porque cuando algo pretende ser todo termina siendo nada. Al crear le pasa eso a menudo. Podemos verlo en el campo de las artes. Se dice que todo artista es un creador pero hace falta reconocer que no todos los que se dedican al arte pueden llamarse creadores o artistas. Un trazo cualquiera sobre un lienzo es, sin duda, un acto de creación pero no es, necesariamente, un acto artístico. Un paisaje técnicamente bien pintado es un objeto de arte, pero no siempre es creativo.
Esta condición escurridiza del crear tiene que ver con que crear no se define por igualdad o desigualdad a otra cosa que no sea el mismo crear. De allí la idea de que se crea desde la nada, porque nada define al crear, como no sea el sentir de lo que se crea. Sentir es casi tan indefinible como crear y crear casi tan indefinible como ser. Pero ese casi, como todo, es infinito. Por lo tanto sentimos, creamos y somos en todo momento sin que nos haga mucha falta definirlo.

Hacer, percibir, pensar y sentir son formas de crear. Hacer y pensar son formas activas, voluntarias. Percibir y sentir son receptivas e involuntarias. Crear no es únicamente una actividad, la inacción es una forma de crear. Cuando decimos “hacer silencio” decimos bien. Deberíamos decir “hacer nada” en lugar de “no hacer nada”, porque es tanto o más difícil que hacer silencio. En rigor, tampoco la acción o la inacción definen al crear: el crear no se define, se crea.

Parece que aquí cerramos la puerta con llave y tiramos la llave al río. No tenemos nada más que decir. Sin embargo, el hecho de que no hayamos logrado definir el crear no puede impedirnos que hablemos de él. Y lo primero que diremos, en consecuencia, es que crear se parece tanto a definir que es casi lo mismo; de allí la dificultad de encontrar una definición para crear.


Definir es poner límite. Es sacar del infinito algo finito. De lo abstracto algo concreto, de lo in-definido algo definido.
Toda creación, todo lo que podemos crear, es pequeño, fugaz, efímero. Toda creación es una paradoja del infinito. Quisiéramos crear algo infinito, pero si lo lográramos ya no sería creación. Al mismo tiempo, todo lo que es, es infinito, incluso lo creado. Lo creado es lo infinito convertido en finito, por eso es fugaz.

Pequeño y fugaz. Como este instante: como todos los instantes y la suma de todos ellos. Como todo nuestro arte y nuestra ciencia, nuestros monumentos de piedra y de palabras.
Rara vez un monumento es una obra de arte.

12.

Hay algo que llamamos crear y es muy distinto de aquello que creamos. Generalmente se piensa que la creación es el objeto creado: otra vez la idea de realidad limitada al objeto, a la cosa. Viajar, por ejemplo, es crear: creamos circunstancias, situaciones, que no existían hasta ese momento. Todo crear es un viaje, una exploración, un descubrimiento. Lo que queda del viaje, las fotografías, los mapas, los boletos y los recuerdos pueden revivir el viaje, re-presentarlo, pero no son el viaje. Lo mismo ocurre con la actividad del artista y la obra de arte. La obra es sólo un testimonio de la creación.
El objeto de la creación – aquello que se crea y el propósito con que se crea- es, un factor de gran importancia en la creación y le da sentido a la creación, pero no es la creación. El propósito de un viaje le da sentido a éste, pero el viaje es más que el logro o no del propósito. Comparando la creación al juego podemos decir que el objetivo del juego determina la manera de jugar pero el propósito más amplio es el de jugar y no el de lograr ese objetivo. Si se trata de un juego en el que sólo un participante resulta ganador no podemos decir que el otro o los otros no juegan porque no ganan. Todos juegan aunque uno sólo gane. Y de igual manera el viaje tiene lugar incluso si el propósito del viaje no se logra. En la creación, la actividad creativa es independiente de la obra.

Esa independencia es además un requisito de la actividad creadora. Crear se diferencia de trabajar en la medida en que el trabajo no se realiza si el objetivo no se cumple, mientras que la creación siempre se ejecuta: no podemos decir que hemos perdido el tiempo si el resultado no es el deseado previamente; en el trabajo sí.

El trabajo se rige por normas. El juego y la creación admiten reglas pero jugar y crear no consisten en el mero hecho de cumplir las reglas y obtener un resultado. En la creación el azar es parte del juego mientras que en el trabajo el azar es un accidente.

13.

Trabajo y juego son dos caras de una moneda que como todas tiene tres caras. La tercera podría llamarse estilo.
Estilo es la manera en que nos relacionamos con las cosas. Hay maneras que son impuestas de acuerdo a ciertas normas: sociales, culturales, etc. El estilo, en cambio, proviene de lo que somos, si somos capaces de admitir lo que somos y expresarlo. En cualquier situación podemos actuar con estilo o sin estilo. Actuar con estilo requiere conciencia y creatividad.: consiste en vivir y actuar siendo consistentes con nosotros mismos.

De igual manera en que reconocemos la obra de un artista por su estilo, podemos hacernos una idea de la gente y de nosotros mismos por la forma en que actuamos en determinadas circunstancias. El estilo no siempre está presente, como pasa también con el arte. Hay momentos en que actuamos de manera mecánica, de acuerdo a la norma, sin mucho estilo. Hay otros en que el estilo brilla y resplandece y hace que nos reconozcamos y nos sintamos plenos y felices de ser como somos. Nos hace únicos e inconfundibles, como los grandes artistas en sus obras maestras.

Aunque sea también todo lo demás (para no entrar en nuevas dicotomías) la vida es un arte.
Ver y vivir la vida como un arte puede que no sea para todos, de la misma manera en que no todos somos artistas o queremos serlo. Pero para aquellos que sienten esa vocación, aunque no sepan que la sienten, vivir de otra manera puede ser nefasto. Para ellos y para los demás. Porque al igual que no se puede vivir sin arte y sin artistas, los artistas a los que no se deja vivir se tornan seres peligrosos y nocivos.

Las artes conocidas hasta ahora han sido ensayos parciales del arte de vivir. Los artistas que se han dedicado a ellas exploraron las posibilidades de la creación en campos e idiomas restringidos. Esas exploraciones han sido y son importantes y valiosas, pero son apenas augurios o promesas de un mundo por descubrir sobre el que tenemos pocas noticias ciertas aún.

En una época desconcertada y descentrada como ésta, la posibilidad de desarrollar un verdadero arte de vivir que ofrezca nuevos significados realmente significativos a la vida es crucial: Ni las artes actuales, ni la ciencia, ni las religiones cumplen ya el papel que cumplían de dar satisfacción a nuestras inquietudes intelectuales, emocionales e incluso prácticas. Una cultura completamente orientada hacia el pragmatismo y la producción de objetos se devela ya incompetente para resolver los problemas más elementales de la sociedad.
Algo falta que nos falta a todos por igual y que no sabemos definir.

Como ya vimos, definir es una forma de crear. Las ideas no se definen por si mismas, es preciso crear las definiciones.
Y las definiciones con las que contamos para vivir son ya trastos inútiles, hay que crear nuevas.
Hay que reinventar el amor, como decía Rimbaud. Y el arte, y la política y la ciencia y el trabajo. Hay que reinventar la vida.

Los niños de hoy ponen en evidencia, con su inadaptación a las normas que quiere imponérseles, la total inviabilidad de esas normas. Se repiten y se siguen impartiendo y observando por inercia, pero cualquiera que dirija su vista hacia el lugar al que esa inercia nos conduce observará que se trata de un precipicio. Y nuestra nave no tiene alas. No las tendrá hasta que las creemos. Hasta que creamos que son imprescindibles. Los pájaros no vuelan porque tengan alas – dijo otro gran poeta- sino que tienen alas porque vuelan.

Nuestros niños, los niños de la especie, son como esos artistas de la vida de que hablábamos a los que no se les deja vivir o no se les deja ejercer su arte.
Ellos gobernarán al mundo en muy pocos años y lo cambiarán sin lugar a dudas. De nosotros depende que tal cambio no signifique una total destrucción.


14

En el arte de la vida nuestros instrumentos son nuestras facultades como seres creadores y el soporte sobre el que trabajamos, el tablero de juego, es el tiempo y el espacio en que vivimos. Las personas que nos rodean no son público pasivo sino participantes activos. La principal materia prima es la energía interna del artista.
A modo de recuento provisional, podemos describir las siguientes energías:

PASIÓN

Es la energía primaria, muchas veces violenta. Toda creación, que es una definición, nace en algún momento y no en otro. Ese momento del nacer es arbitrario y no procede de ninguna instancia precedente exacta o precisa. Como la primera palabra que escribimos en una hoja en blanco o la primera línea que trazamos en un lienzo, es producto de una serie de variables que podemos llamar infinitas. Es inútil, por tanto, encontrar racionalidad que determine este comienzo o el momento en que debe darse. Se da o no, y en la posibilidad de ese “no” radica su violencia. Cuando se da es, por así decirlo, irreversible, ya que constituye por si mismo un acto creador completo que define la suerte de lo que ha de venir.
Este acto implica riesgo y su riesgo aumenta en la medida en que se prolongue la decisión de tomarlo .Podemos pasarnos la vida entera evaluando la necesidad de hacerlo o esperando las condiciones más favorables, pero ni una ni otra cosa serán evidentes hasta que demos el paso, semejante al lanzarse al vacío de una avecilla que realiza su primer vuelo. No sabrá si puede volar o no hasta que lo intente, por mucho miedo que sienta.
Y es el miedo a perder la seguridad del estado anterior, que es el del no volar, lo que puede hacer del vuelo, inevitable por lo demás, un fracaso.
Pero incluso si el primer vuelo resulta imperfecto, tosco y hasta catastrófico será un vuelo.
Parecido a un lanzar de dados, esta creación establece el momento en que la suerte está echada y ya nada será como antes.
A partir de entonces se hace evidente lo que hemos dicho antes acerca de la tercera cara de la moneda; la ausencia de garantías se convierte en nuestra única garantía .El reino de lo probable da lugar al reino de lo posible.
Es fácil equivocarse con respecto a las consecuencias de este acto considerándolas antes de realizarlo. Lo más probable es que nos equivoquemos.
Pero nunca sabremos en qué medida lo haremos hasta que lancemos los dados y comencemos a jugar.

EXPERIENCIA

Nuestra primera experiencia será decisiva .Pero será también el inicio de una sucesión de experiencias que irán definiendo ese ser nuevo en que nos convertiremos a partir del momento en que comencemos a crear. Muy pronto estas experiencias se convertirán en instrumentos que permitirán continuar la creación y, por así decirlo, estabilizarla. Al principio seguiremos sintiendo miedo, pero ya el miedo no será lo único que sintamos. Junto a él sentiremos un cúmulo de otras cosas que llenarán el horizonte de nuestras percepciones. Al hacerse patente que es imposible volver atrás no tendremos más remedio que seguir adelante. Estamos volando.


INTELIGENCIA

A medida que avanzamos comenzamos a entender. Repitiendo acciones vamos aprendiendo el idioma de la creación. Cometeremos muchísimos errores, pero el error será nuestra única fuente de aprendizaje y tendremos que aprender a amarlo. Estamos en la tercera cara de la moneda y ya no tenemos la certeza del cara o sello sino la imperiosa necesidad del canto.
En esta inteligencia no interviene únicamente nuestra parte mental. Es la totalidad de nuestro ser la que debe entregarse de lleno al aprendizaje si queremos que éste prospere. Abriendo todos nuestros sentidos, que son muchos más de los que creemos, iremos percatándonos de múltiples peculiaridades del nuevo ser que somos, muy diferente del que fuimos. Muchas de ellas nos parecerán absurdas al compararlas con lo que recordamos saber.
Seamos prudentes: el nuevo idioma no se parece en nada al que antes manejábamos. Por otra parte, todos los idiomas son arbitrarios, por lo que no debemos extrañarnos de que éste lo sea ni empeñarnos en aplicar la gramática conocida por buena y lógica que nos parezca. Cuando dominemos el nuevo lenguaje encontraremos que el antiguo es igualmente ilógico.




SENTIR

Sentiremos cosas que nos gustan y muchas que no. Tendremos que abrirnos a ambas. Nuestra aproximación al sentir es variable y lo que ahora no nos gusta puede gustarnos más adelante. En este gustar y no gustar se evidencia de nuevo lo azaroso, lo afortunado y lo insólito. Lo que es, es, y no tiene explicación posible: nos gusta o no, y eso es todo hasta aquí. Pero la experiencia continúa, como siempre, porque lo que nos gusta va definiendo aún más lo que somos y lo que no, define no tanto lo que no somos como lo que podríamos ser. Aquí la tercera cara se hace borrosa y la definición se torna indefinible. Sentir es también soñar. Los sueños alimentan sentidos ocultos que se desarrollan con el tiempo. Suele decirse que el tiempo no pasa en vano únicamente para referirse a las facultades que se pierden con el avance de la edad, pero rara vez se habla de las facultades que aparecen, si dejamos que lo hagan. Los viejos no se parecen a los niños porque hayan perdido conciencia y lucidez, sino porque la han ganado. Niños y viejos son ejemplos a seguir si queremos ser creadores: nos empeñamos en comportarnos como la entelequia que llamamos “adulto” a la que damos un carácter separado del tiempo, como si no fuera una etapa más, y por consiguiente transitoria, de la vida.


JUGAR

Jugar, dar, mostrar, enseñar…De aquí en adelante, es otro el que te guiará, lector. Tú mismo deberás conocer y reconocer los signos de este arte de vivir que es también un arte de volar. Recuerda: no se vuela sin alas y no se vuela sin viento. Recuerda: el universo entero aprende a volar contigo.
Recuerda: Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, ergo, Dios es imperfecto.

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